Cruising: el sexo más allá de lo privado
Foto de Roman Odintsov
“Es de noche, voy caminando por el parque, viene alguien hacia mí, la atracción es inmediata. De repente, nuestros ojos se encuentran y nos miramos fijamente. Hay un subidón y un bajón, un vacío en el estómago y el corazón a mil. Es confuso pero agradable, parece ser mutuo”.
Eso es básicamente el cruising, un juego de miradas en el que el deseo llega de forma fugaz y así mismo desaparece. En definitiva, las palabras sobran, todo se entiende desde lo no verbal: una señal, un roce, una invitación. Se da un acercamiento y luego viene la lujuria desenfrenada, alentada por la imaginación de los participantes.
Es una experiencia básica e instintiva, quizás lo más parecido a lo que ocurre en el resto de los animales; aunque tiene sus propios códigos, rituales y lugares. A continuación, describiré diferentes aspectos del cruising, sus características, historia, formas de llevarlo a cabo y los cambios que ha tenido con la llegada de internet.
¿De qué se trata?
“Cuando pasa al lado continúo caminando, me detengo más adelante, aguardo un instante y volteo, me está observando. Me hace una señal y empieza a andar hacia los árboles, le sigo cauteloso, entre la ansiedad, la curiosidad y el deseo”.
En primer lugar, se fundamenta en el anonimato y el espacio público, principalmente urbano. La calle, los parques, los centros comerciales, estaciones de transporte, baños públicos, estacionamientos, discotecas, etc. Prácticamente cualquier sitio que brinde cierta privacidad momentánea, puede ser propicio para explorar las fantasías propias y ajenas.
La palabra cruising se asocia principalmente con la comunidad gay. En un artículo anterior planteaba que la principal forma de explorar el deseo, en un contexto de leyes represivas, era la clandestinidad. Los encuentros anónimos y en sitios públicos, solían ser una manera práctica de ejercer la sexualidad, por más hostil que fuese.
No obstante, no es exclusiva de la comunidad gay. Alex Espinoza, autor del libro Cruising, menciona que sus primeros recuerdos del tema, fueron las escapadas de conocidos y familiares heterosexuales. Salían en sus coches, bien arreglados y perfumados, en busca de mujeres para tener sexo en zonas remotas. En este caso, se le conoce como dogging, siendo la principal diferencia la orientación sexual.
¿Es algo reciente?
“Llegamos a un lugar apartado, en medio de las sombras, se voltea y me ve fijamente. Veo deseo en sus ojos, es como un león al asecho de su presa. Se empieza a tocar la entrepierna mientras sigue con su mirada clavada en la mía”.
Espinoza, en su libro, hace un recorrido histórico, comenzando con el arte homoerotico en la antigüedad. Recopila diferentes anécdotas, como el primer glory hole en los baños ingleses de la revolución industrial; un pequeño agujero que conecta dos cubículos, ideal para el sexo oral. También, menciona grupos que perseguían la actividad sexual de homosexuales, fuese en sitios públicos o privados; por ejemplo, la Ufficiali di Notte, en la Florencia del siglo XV o la Sociedad para la defensa de las costumbres, en la época victoriana.
Asimismo, se pueden observar connotaciones diferentes entre homosexuales y heterosexuales. Para los primeros el cruising es una práctica antisistema, emancipadora y retadora de la moral heteronormativa. La represión al respecto no era solo por hacerlo en espacios vetados, sino por ser entre personas del mismo sexo. La transgresión de lo público cobra mayor sentido cuando es un espacio prohibido, incluso de las expresiones afectivas más comunes.
¿Cómo se hace?
“Aguardo inmóvil, es la primera vez que algo así me ocurre, tengo el corazón a mil. Él por su lado avanza en el juego, se sigue tocando, empieza a bajar el cierre de su pantalón, la invitación es clara”.
En principio, la idea es evitar ser descubiertos. El cruising consiste en romper las reglas de lo público y salir invicto. En ningún caso se trata de bajarse los pantalones en plena calle, a la vista de personas que no tienen el mínimo interés. La discreción es fundamental para pasar un buen rato y que los lugares empleados no terminen cerrados.
A pesar de que no se suelen usar palabras, existe un consentimiento explícito que se da en el lenguaje no verbal. El exhibicionismo, puede ser algo que calienta a los participantes, pero cualquier insinuación o acercamiento a alguien que no esté interesado es abuso sexual.
Existen lugares que lo favorecen, en algunos casos por brindar cierto nivel de privacidad, ya sea por la hora o la oscuridad; o porque involucran actividades que facilitan la exposición del cuerpo, como los baños o duchas públicas. Es necesario tener en cuenta las prácticas de sexo seguro, los riesgos que se está dispuesto a asumir y manifestar cualquier inconformidad. La interacción es entre desconocidos, por lo que la cautela no sobra.
Algunos códigos
“Observo atónito la escena, me empiezo a acercar. Mis ojos ya no están en los suyos, la atención pasó al cierre abierto, que dejo al descubierto lo que me ofrecía. Mi mano se extiende como si de un imán se tratara, simplemente permito que el deseo me lleve”.
Pueden ser muy variados, dependiendo del lugar y los involucrados. Algo clave es la permanencia de alguien más allá de lo necesario. Si lleva diez minutos “orinando” o si va y vuelve por la misma zona, quizas este en el mismo plan. En cualquier caso, las aproximaciones son sutiles y en función de las indicaciones del otro.
Durante los años 70, en Estados Unidos, se popularizo el hanky code o código de pañuelos entre personas gays, en lugares donde se practicaba BDSM. Este podía ir en los brazos o los bolsillos traseros. La ubicación indicaba el rol: a la izquierda activo, a la derecha pasivo y en el cuello versátil (que se desempeña en ambos roles); mientras que el color daba a entender la práctica deseada.
Para el dogging, que por lo general se hace en auto, la clave está en las puertas y ventanas. Si están abiertas son una invitación a participar, cerradas y con las luces apagadas significa que no quieren molestias y encendidas se permite observar de cerca.
Las consecuencias de internet
“Luego de un rato me doy cuenta que el pantalón me aprieta, lo suelto y su mano se acerca. Permanecemos invisibles ante algunos transeúntes que pasan, siento su respiración acelerada, la mía está igual”.
Internet ha facilitado en gran medida la ubicación de zonas favorables. Muchas paginas web recopilan lugares recomendados, con horarios de mayor posibilidad, vigilancia y riesgos. Las redes sociales han jugado un rol en la actualización de la información, casi en tiempo real. También, se ha hecho frecuente compartir fotos y videos de los encuentros en plataformas como Twitter o directamente en páginas de porno amateur. En este caso, es necesario pedir permiso. No todos disfrutan el mismo nivel de exposición y en esencia esta es una práctica anónima. No hay que arruinarlo para los demás por cinco minutos de fama.
Por otro lado, las aplicaciones de citas con geolocalización, como Grindr, han facilitado el contacto para sexo inmediato y anónimo. Se podría pensar que el cruising iria en declive y no es así; de hecho, pueden ser usadas para facilitarlo; siempre y cuando ocurra en lugares públicos.
El interés por el cruising no ha disminuido porque es una práctica placentera en sí misma. No consiste únicamente en la búsqueda de sexo, sino que el morbo está en el juego. La adrenalina por ser descubiertos, lo fugaz y anónimo del encuentro, las miradas y la curiosidad que despierta una situación desconocida es su atractivo principal.
Conclusión
“La excitación sube, la respiración se acelera, no aguantamos más, el deseo se desborda y estalla en un orgasmo tan intenso como fugaz. Sin pronunciar palabra volvemos a la realidad lentamente. Cada uno retoma su camino, no supe su nombre ni él el mio, jamás lo vuelvo a ver”.
Las prácticas sexuales en lugares públicos no son novedosas, pero quizás hoy en día han tenido mayor difusión. Los medios y las autoridades, en su afán por perseguirlo y ocultarlo, terminan haciéndole una buena publicidad. Si bien existen diferencias entre el cruising y el dogging, son una muestra de que la sociedad prefiere mantener oculta cualquier señal de libertad sexual. Posiblemente esa preocupación, es simplemente un pésimo intento de civilizar los instintos más básicos. Un ejemplo, es el caso de George Michael, arrestado en 1998 por “actos lascivos” en un baño público, una trampa tendida por el policía que lo arrestó. ¿Su respuesta? crear una canción y vídeo al respecto.
